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Historia de una muerte anunciada


Por SAMUEL OROZCO / Vida en el Valle
(Published Wednesday, June 14th, 2006 11:55AM)

A Moisés Cruz se la habían sentenciado muchas veces. A cada rato lo amenazaban de muerte. El 18 de mayo pasado se la hicieron efectiva. Ese día, el líder oaxaqueño de 46 años de edad dejaba una fonda en su natal San Juan Mixtepec cuando dos hombres armados le salieron al paso y, en plena luz del día, le descargaron varios balazos. A sangre fría. Delante de su esposa. A la vista de los transeuntes, los matones se perdieron sin problemas entre las milpas y los cerros.

La muerte de Moisés seguro habría pasado como una más, de no ser porque no es un asesinato ordinario. Moisés, migrante y activista, se granjeó muchos amigos. Conocí a Moisés a principios de los 80s. Me acuerdo sobre todo de una hazaña suya en Arvin, poblado agrícola del valle central de California que en los años 30s ganó fama por servir de albergue a refugiados de la sequía y el polvo de Oklahoma.

Medio siglo despues, Arvin siguió siendo refugio de migrantes, esta vez los oaxaqueños, que igual que los de Oklahoma huyeron de polvo y miseria. Para los migrantes indígenas, sin embargo, no hubo en Arvin sanitarios, lavaderos, ni dormitorios. El verano del 86 el desamparo hizo crisis. Miles de jornaleros se reportaron para las pizcas de la temporada. Las pizcas se tardaron y cientos terminaron viviendo a la intemperie.

Un día, un migrante amaneció degollado y otros asaltados por pandilleros mientras dormían a campo abierto. Indignado, el joven trabajador Moisés Cruz movilizó a su gente. Buscó hacerse oír. Esa vez le eché la mano convocándole a rueda de prensa a colegas de los medios noticiosos del valle. Reclamó garantías a las autoridades del condado y de la ciudad y gestionó el auxilio de agencias no gubernamentales. En menos de una semana, cientos de familias recibieron de emergencia techo, cobijas y alimentos.

Esa fue una de tantas labores que Moisés organizó como directivo y co-fundador de la Asociación Cívica Benito Juárez, la primera organización de mixtecos de California que se rebeló contra el abuso y la sobreexplotación, llevando a las cortes a contratistas y rancheros inescrupulosos, manifestando contra la migra y denunciando ante la legislatura la discriminación del indígena.

Un día, en una nutrida asamblea realizada entre surcos de labor al norte de Sacramento, los paisanos soltaron lo que traían en la garganta, hablaron con temor y desaliento de todo lo que hace a Oaxaca, pese a su riqueza natural, el segundo estado más pobre de México, región en la que tres de cada cuatro viven en la extrema pobreza. Hirviéndole la sangre, Moisés anunció: "No más migración, me regreso a Oaxaca."

Ese mismo año, el 86, llegó a San Juan Mixtepec con el compromiso de echar a los caciques del poder. Los caciques son ladinos (mestizos o criollos) que, validos de su Castilla y sus influencias, controlan como amos y señores la región: autorizan el canje de los cheques que envían los paisanos desde el norte, usufructúan los bosques comunales como coto privado y obstruyen obras públicas para evitar la comunicación con el exterior.

Al llegar, Moisés fundó el Comité de Defensa Popular Mixteca, una red de ocho cooperativas de consumo popular y, con esta base, lograron en un par de años elegir el primer presidente municipal que legítimamente representó a la comunidad indígena. A la vuelta de una década, el mismo Moisés pasó a empuñar el bastón mayor. Luego, Moises dirigió la creación en la ciudad de Oaxaca del Centro de Desarrollo Regional Indígena (CEDRI). Y a fines de los 90s, fue electo coordinador general de la Red Internacional de Indigenas Oaxaqueños, una coalición de comités de la diáspora. Algo de ese gusanito de inconformidad que agarró en sus viajes por el norte quedó documentado en el libro 'Moisés Cruz: Historia de un Transmigrante' del antropólogo Federico Besserer.

Pero el trabajo social del líder que regresó a sanear estercoleros por lo visto afectó influyentes intereses y la reacción no se tardó. En 1996, un grupo de hombres armados se presentó a las puertas de su oficina y a punta de pistola metieron a un carro a Felipe Sánchez Rojas, el presidente del CEDRI. Moisés, que acompañaba a Felipe, escapó al atentado. Felipe permaneció desaparecido varios días en un lugar que luego me describió como con sonidos de cuartel: se oian clarines cada mañana. Platiqué al aire en la radio con Felipe apenas reapareció. Todavía se oía débil y maltrecho por los días de golpes y torturas en la cárcel clandestina.

Sin duda, Felipe se salvó por la oportuna intervención de sus apoyadores dentro y fuera de Oaxaca. La asociación mixteca convocó desde California a una vigorosa campaña de llamadas al gobernador del estado de ese entonces, Diódoro Carrasco, y al Secretario de Gobernación Emilio Chuayffet. Quizás Felipe jamás habría reaparecido si Moisés no hubiera estado alli para presenciar los hechos y correr la voz de alarma.

Diez años despues, nadie estuvo allí para salvar a Moisés. Su muerte fue fulminante. Los disparos precisos. Un tiro a la cabeza. Otro al corazón. Estilo ejecución profesional, de matones a sueldo. Hasta el momento no se sabe de sus asesinos. Los testigos no los reconocieron. "Son gente de fuera," dijeron.

¿Quiénes estarían interesados en eliminar a Moisés? A los líderes indígenas no les cabe la menor duda: los autores intelectuales son los mismos que lucraban de los bosques, los que estafaban al migrante, los que sometían al pueblo indigena. Indignados, dichos líderes apuntan su dedo acusador a los caciques locales, a los jefes de la Confederación Nacional Campesina, a influyentes cuadros del Partido Revolucionario Institucional (Moisés acababa de sumarse a la campaña presidencial del perredista López Obrador). Por esos sospechosos debe comenzar la averiguación, exigen, y a la vez alertan sobre el peligro de que este asesinato pase a ser una estadística más en la larga lista de fechorías contra los derechos humanos. Sólo en el 2005, Oaxaca acumuló un negro historial de 20 asesinatos y más de 40 presos por motivos políticos.

Los oaxaqueños organizados se proponen ponerle un hasta aquí a esa historia de impunidad y ese clima de terror. Por lo pronto, ya planean recibir con denuncias públicas ante la opinión internacional al gobernador Ulises Ruíz en su visita de los próximos días a California. La improbable reaparición de Felipe hace diez años es una muestra de que la diplomacia ciudadana del norte las puede.

El caso de Moisés someterá de nuevo a prueba la capacidad de la sociedad civil migrante de obligar a sus gobiernos a escucharle y a rendir cuentas claras. Cada día que pase el caso sin solución, habrá de servir para recordar las cuentas que estos gobernantes tienen pendientes con la justicia.

 

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