|
DOMINGO 9 DE ENERO DE 2005
La diáspora, cada vez más multiétnica
El rostro
indígena
de la migración
Jonathan Fox y Gaspar Rivera-Salgado
En la carretera de San Juan Mixtepec, Oaxaca,
circulan vehículos con placas de 37 entidades diferentes... de Estados Unidos.
El dato ilustra la creciente presencia indígena en la ya centenaria migración
mexicana al vecino país. La diáspora nacional tiene un rostro cada vez más
multiétnico, pese a que a los problemas "normales" para los migrantes al cruzar
la frontera, los indígenas deben añadir el racismo incluso de otros mexicanos.
La creciente presencia indígena en el vecino del
norte ha dado lugar a la creación de organizaciones binacionales y a la
multiplicación de expresiones culturales, sociales y políticas que no reconocen
fronteras
El
pasado y el futuro de la nación mexicana pueden verse en los rostros de los
miles y miles de indígenas que cada año emprenden el trayecto hacia el norte,
así como los de muchos otros que deciden establecerse en Estados Unidos. El
estudio de los migrantes mexicanos indígenas requiere una perspectiva binacional
que tome en cuenta los importantes cambios en la forma en que la sociedad
mexicana es entendida a comienzos del siglo XXI. Por un lado, México es
considerado cada vez más como una nación de migrantes, una sociedad cuyo destino
está muy vinculado a la economía y la cultura de Estados Unidos. Por otro lado,
la experiencia particular de los migrantes indígenas requiere concebir a México
como una sociedad multiétnica, en la que las demandas básicas de derechos
indígenas se ven incluidas finalmente en la agenda nacional, aunque siguen sin
resolución.
La población indígena de México es la más grande
del hemisferio (una cuarta parte de los indígenas de la región latinoamericana).
Por lo menos 10% de la población mexicana pertenece a un grupo indígena, de
acuerdo con un estricto criterio basado en el uso del idioma (aunque el último
censo permitió por primera vez la auto-identificación étnica). A pesar de la
presión para asimilarse a lo largo de cinco siglos, al menos uno de cada diez
mexicanos indicó en el censo nacional que en su hogar se hablaba una lengua
indígena.
El futuro que proyecta el modelo económico
dominante en México deja pocas opciones para los pueblos indígenas, más allá del
sumarse a la mano de obra urbana y de agroexportación. Debido a que la mayoría
de la población indígena depende de la agricultura, sus perspectivas de
supervivencia son en extremo sensibles a las políticas del gobierno.
Hace dos décadas, el gobierno abandonó su
irregular compromiso para hacer económicamente viable la agricultura campesina.
Desde los ochenta, la agricultura campesina se convirtió en blanco de las
políticas de bienestar más que de apoyo productivo, lo que debilitó la base
económica de las comunidades indígenas. De acuerdo con el gobierno mexicano, la
pobreza aumentó en un 30% en los municipios de mayoría indígena entre 1990 y
2002. La prolongada crisis de la economía campesina se ha visto exacerbada en
años recientes por la persistente caída del precio internacional del café.
A partir del TLCAN, la estrategia de desarrollo
rural del gobierno se ha basado en el supuesto de que una gran proporción de los
pobres en el campo se desplazará a las grandes ciudades o hacia Estados Unidos.
En ambos países, los migrantes indígenas son
excluidos. En el plano económico, trabajan en mercados laborales étnicamente
segmentados, que los relegan a los niveles más bajos. En el ámbito social,
además de la serie de obstáculos ya conocidos que padecen los migrantes que
cruzan la frontera, los indígenas enfrentan marcadas actitudes racistas y de
discriminación, tanto de otros mexicanos como de la sociedad dominante en
Estados Unidos.
En la esfera cívico-política, la mayoría de los
migrantes que cruzan la frontera se ve privada de derechos ciudadanos plenos en
ambos países. El gobierno estadunidense se resiste a regularizar el estatus de
millones de trabajadores. Por otro lado, el gobierno mexicano tiene aún
pendiente el cumplimiento de la reforma constitucional de 1996 que reconoció el
derecho de los migrantes al voto, así como los Acuerdos de San Andrés sobre
Derechos y Cultura Indígenas (también de 1996), una modesta versión de autonomía
indígena.
En el ámbito menos tangible de la cultura
política nacional dominante, tanto los indígenas como los migrantes han sido
vistos durante mucho tiempo –especialmente por las élites políticas de la Ciudad
de México– como ciudadanos a medias, visión con fuertes raíces históricas que
apenas ha comenzado a cambiar de manera importante desde mediados de los noventa.
Patrones cambiantes de migración
La
historia muestra que ciertamente estos migrantes compartieron muchas
características comunes, al provenir principalmente de comunidades rurales de la
región centro-occidente del país. Sin embargo, durante las dos últimas décadas,
esta población se ha diversificado de manera dramática, tanto social como
geográficamente. Sus regiones de origen ahora incluyen una gama más diversa de
estados, así como de grandes ciudades. Por ejemplo, el área de Los Ángeles
cuenta actualmente con federaciones de asociaciones de migrantes de por lo menos
13 estados mexicanos, y existen 11 federaciones similares en Chicago. Las
regiones de asentamiento en Estados Unidos se están diversificando de la misma
forma: por ejemplo, investigaciones recientes mostraron la presencia de placas
de automóviles de 37 entidades diferentes en Estados Unidos tan sólo en la
carretera principal de San Juan Mixtepec, Oaxaca.
En la medida en que las dinámicas económicas y
sociales que promueven la migración van ganando cada vez más terreno en el campo
mexicano, los indígenas que no contaban con una historia migratoria fuera de sus
regiones de origen están dirigiéndose a Estados Unidos. Por ejemplo, los mayas
de Yucatán y Chiapas actualmente están trabajando en California y Texas; los
hñahñús y los nahuas están dirigiéndose al Medio Oeste y a Texas; y los mixtecos
de Puebla se están estableciendo en el área de Nueva York, seguidos
recientemente por los hñahñús de Veracruz. Los mixtecos y los nahuas también
están llegando a Estados Unidos provenientes de Guerrero.
Algunos grupos indígenas mexicanos cuentan con
muchas décadas de experiencia migratoria hacia Estados Unidos, cuyo origen es el
Programa Bracero (1942-1964), como en el caso de los purépechas de
Michoacán y los mixtecos y zapotecos de Oaxaca. No obstante, la mayoría de los
migrantes indígenas mexicanos históricamente se desplazaban hacia las grandes
ciudades o a los campos de la agroindustria en México, y su participación en el
número total de migrantes internacionales fue relativamente baja hasta los
ochenta. En fechas más recientes, la proporción de indígenas dentro de la
población migrante se ha elevado considerablemente, especialmente en los
sectores urbano y rural de California, así como cada vez más en Texas, Florida,
Nueva York y Oregon.
Si bien históricamente la mayoría de los
indígenas que migraban a los Estados Unidos lo hacían de manera temporal, el
creciente riesgo y el costo del cruce fronterizo ha conducido a su
establecimiento por periodos más largos. Esto es posible en parte debido a que
sus redes han madurado durante las últimas dos décadas. Además de los migrantes
transfronterizos del Programa Bracero, los primeros viajes de oaxaqueños
en busca de trabajo datan de los treinta, con destino a la ciudad de Oaxaca, a
las plantaciones de caña en Veracruz y a los crecientes barrios de la periferia
de la Ciudad de México. Posteriormente los contratistas de trabajadores para la
agroindustria de Sinaloa comenzaron a intensificar su labor, especialmente en la
Mixteca. Estos flujos de sur a norte se extendieron después al Valle de San
Quintín, en Baja California. Para los inicios de los ochenta, los migrantes
indígenas habían llegado más al norte, a California, Oregon y Washington.
Los primeros migrantes pudieron regularizar su
estatus y establecerse en los Estados Unidos con la reforma de 1986 (IRCA). En
California, los oaxaqueños cuentan con comunidades bien establecidas en el Valle
de San Joaquín, en el área metropolitana de Los Ángeles y en el norte del
condado de San Diego. En un periodo relativamente corto, estos migrantes
indígenas pasaron de la invisibilidad a ser objeto de atención para los medios
informativos, y convertirse así en sujetos de investigación académica y de un
creciente activismo.
La migración oaxaqueña tuvo un marcado
crecimiento a fines de los ochenta, con la incorporación extensiva de zapotecos
a los servicios urbanos y de los mixtecos al trabajo agrícola. Las reformas de
IRCA hicieron posible que millones de migrantes que habían llegado inicialmente
regularizaran su estatus, permitiéndoles así ascender en el mercado de trabajo,
y con ello dejar posiciones vacantes en la escala social que serían ocupadas por
migrantes indígenas de reciente arribo.
Los empleadores de trabajadores de bajos
salarios siempre han estado más que dispuestos a continuar con la tradición de
promover la segmentación étnica de los mercados laborales.
Para inicios de los noventa, entre 45 mil y 55
mil mixtecos trabajaban en la agricultura en el Valle Central de California, y
entre 50 mil y 60 mil zapotecos se habían establecido en Los Angeles,
principalmente en barrios del centro de la ciudad como Koreatown, Pico-Union y
el Sur Centro. La proporción de migrantes indígenas del sur de México en el
trabajo agrícola de California casi se duplicó durante los noventa, pasando de
6.1% (1993-1996) a 10.9% (1997-2000), lo que le permitió al investigador Ed
Kissam estimar que los migrantes indígenas constituirán más del 20% de los
trabajadores agrícolas de California para 2010.
Oaxacalifornia
En
la sociedad civil migrante indígena, sobresalen dos tipos de organizaciones. Las
primeras son un gran número de asociaciones basadas en los pueblos de origen
conocidas como "organizaciones de pueblo", "clubes de oriundos", o "clubes
sociales comunitarios". Están integradas por migrantes provenientes de
comunidades específicas, quienes se agrupan para apoyar a su pueblo de origen,
sobre todo para recaudar fondos destinados a obras públicas.
El segundo tipo de asociaciones migrantes
indígenas consiste en proyectos para la formación de coaliciones que se basan en
vínculos "translocales" de comunidades que sin embargo incorporan a personas
provenientes de un ámbito etno-geográfico regional más extenso. Las coaliciones
más sólidas incluyen al Frente Indígena Oaxaqueño Binacional (FIOB), la
Organización Regional de Oaxaca (ORO), la Unión de Comunidades Serranas de
Oaxaca (UCSO), la Coalición de Organizaciones y Comunidades Indígenas de Oaxaca
(COCIO), la Red Internacional Indígena de Oaxaca (RIIO), y la recientemente
formada Federación Oaxaqueña de Comunidades y Organizaciones Indígenas de
California (FOCOICA), que incorpora a muchas organizaciones oaxaqueñas en
California.
Los cambiantes patrones de asentamiento también
han afectado a la organización. Solamente algunos migrantes han formado
comunidades satélites en Estados Unidos, que es un requisito clave para
organizarse sobre la base del pueblo de origen, y son menos aún los que han
formado organizaciones étnicas, regionales o pan-étnicas. Algunos migrantes
indígenas mexicanos se organizan como miembros de grupos étnicamente mixtos,
bien sea sobre la base de su afiliación religiosa, como en el caso de la
Asociación Tepeyac en Nueva York, o de clase social, como en el caso de PCUN
(Pineros y Campesinos Unidos del Noroeste) de Oregon, o la Coalición de
Trabajadores Immokolee de Florida.
Las organizaciones de migrantes indígenas
también varían de acuerdo al grado de interés en colaborar con otras
organizaciones sociales y civiles, ya sea con asociaciones de otros tipos de
migrantes o bien con agrupaciones cívicas y sociales centradas en Estados Unidos.
Ambos tipos de organización han propiciado la
creación y recreación de identidades sociales mediante la institucionalización
de prácticas en las que los migrantes son reconocidos como oaxaqueños y como
indígenas. Es decir, estas prácticas colectivas diversas generan discursos que
reconocen sus identidades culturales, sociales y políticas específicas. La
dimensión real e imaginaria en la que se desarrollan estas prácticas se llama
Oaxacalifornia, un espacio transnacionalizado en el que los migrantes
articulan sus vidas en California con sus comunidades de origen, a más de 4 mil
kilómetros.
Identidad étnica y acción colectiva
¿Cómo
influyen la migración continua y el surgimiento de organizaciones de migrantes
indígenas en la identidad social y comunitaria, tanto en Estados Unidos como en
México?
Al igual que otros migrantes, los indígenas
mexicanos traen consigo una extensa gama de experiencias en materia de acción
colectiva para el desarrollo comunitario, justicia social y democratización
política, y estos repertorios influyen a su vez en sus decisiones sobre con
quién trabajar y cómo construir sus propias organizaciones en Estados Unidos.
El proceso de discriminación y exclusión racista,
tanto en el norte de México como en Estados Unidos –si bien se trata de algo que
no es del todo nuevo para los indígenas de Oaxaca– se consolidó en los campos
agrícolas de Sinaloa y Baja California, así como en el Valle de San Joaquín en
California. Este proceso de racialización –vívidamente representado por el
extenso uso de términos despectivos como "oaxaquitas" e "indios sucios"– condujo
a una nueva forma de identidad étnica para muchos migrantes. Michael Kearney
plantea que esta experiencia no solamente intensifica su sentido de diferencia
étnica, sino que incluso el proceso de migración a un nuevo contexto social
genera una identidad étnica más extensa que permite la unión de migrantes
provenientes de comunidades que probablemente no compartirían sus identidades en
Oaxaca. "La experiencia de discriminación fuera de Oaxaca fue un estímulo
considerable para que los migrantes indígenas se apropiasen de aquellos términos
–’mixteco’, ‘zapoteco’ e ‘indígena’– que anteriormente eran usados tan sólo por
los lingüistas, antropólogos y representantes del gobierno, y que los utilizaran
para organizarse sobre la base de líneas étnicas."
Estas organizaciones se diferenciaban de
aquellas existentes en las comunidades de origen, en las que la solidaridad
entre comunidades se veía bloqueada con frecuencia por la persistente historia
de conflictos entre pueblos. Kearney señala que los trabajadores de comunidades
que pudiesen haber sido rivales en Oaxaca, llegan a desarrollar un sentido de
solidaridad a través de sus experiencias compartidas de opresión racial y de
clase como obreros y obreras migrantes.
Las identidades pan-mixtecas, pan-zapotecas y
posteriormente pan-oaxaqueñas indígenas que resultan, posibilitan la
organización pan-étnica entre migrantes por primera vez. Esta interpretación ha
podido ser confirmada por algunos cambios recientes dentro del Frente Indígena
Oaxaqueño Binacional, que incluye un acuerdo de colaboración con una comunidad
purépecha organizada hace poco en Madera, California. De los seis líderes
elegidos que representan al FIOB en Baja California, uno es un mixteco de
Guerrero y el subcoordinador es un purépecha originario de Michoacán.
Reafirmando identidades
A pesar de la extensa variedad de trayectorias
políticas de los migrantes indígenas, reflejada en la naturaleza de las
diferentes organizaciones, todas ellas ponen especial énfasis en actividades
públicas y en movilizaciones que reafirman sus identidades colectivas como
indígenas. Como resultado, la amplia gama de eventos culturales públicos de las
organizaciones migrantes nutre la experiencia multicultural de sus paisanos. Los
festivales de música y danzas de la Guelaguetza constituyen uno de los
eventos culturales oaxaqueños más importantes, y por lo menos cuatro de ellos se
celebran anualmente en California. La ORO fue la pionera en la puesta en marcha
de estos festivales en Estados Unidos en 1987 y desde el 2002 la FOCOICA ha
celebrado una Guelaguetza en el Sports Arena de Los Angeles, con el
patrocinio del gobierno de Oaxaca, sindicatos locales y medios de comunicación
en español. El evento también promueve las importaciones de productos
oaxaqueños.
Las competencias deportivas también son eventos
públicos importantes para los oaxaqueños. El basquetbol es más popular que el
futbol, y uno de los torneos más importantes es la "Copa Juárez" de Los Angeles,
organizada por la UCSO cada marzo desde hace seis años. Participan
aproximadamente 65 equipos, representando a más de cuarenta comunidades
oaxaqueñas.
Algunos mixtecos y zapotecos en California
también practican un juego precolombino llamado "pelota mixteca". El
renacimiento de este juego entre los inmigrantes zapotecos es importante ya que
el número de jugadores en Oaxaca ha disminuido con la desaparición de lugares
para jugarlo. El torneo anual realizado en Los Angeles llega a incluir hasta a
doce equipos provenientes de todo el estado. Como en el caso de muchas otras
actividades culturales de los migrantes oaxaqueños (como las danzas, la música y
la comida), la pelota mixteca ha generado una demanda por los aditamentos
tradicionales para este juego, lo que permite la creación de empleos para los
artesanos que fabrican los guantes y las pelotas en las comunidades de origen.
Las celebraciones religiosas públicas han
surgido más recientemente. Los eventos más recientes incluyen un baile
organizado por la Comisión para la Restauración de la iglesia Santiago Mayor
Apóstol, en el pueblo de Villa Hidalgo Yalálag, con el propósito de recaudar
fondos para la realización de reparaciones en la iglesia de este pueblo, un
festejo para seguir financiando sus esfuerzos para poder canonizar a dos
"mártires" locales o fiestas en honor de vírgenes y santos patronos.
La densa red de organizaciones sociales ,
cívicas y políticas, así como su funcionamiento y sus "rituales públicos", ha
permitido la creación de un ambiente en el que las identidades colectivas
preexistentes reaparecen en un nuevo contexto, transformando a los actores
mismos en este proceso. Estas organizaciones crean una identidad dual. Primero,
éstas son los vehículos para el reforzamiento de prácticas colectivas que
afirman identidades étnicas más extensas que surgen de la experiencia migratoria.
Segundo, dichas organizaciones – y en especial las asociaciones de pueblo –
promueven la integración de la comunidad, el intercambio cultural y el flujo
binacional de información y de otros recursos. Ambos procesos son cruciales para
mantener los vínculos que unen a las comunidades de origen con sus comunidades
satélites que surgen más allá de su ámbito tradicional.
La comunicación transnacional
El uso de medios de comunicación alternativos ha
tenido también un papel central en el proceso de formación de la sociedad civil
migrante. En particular, el periódico El Oaxaqueño, "la voz de los
oaxaqueños en los Estados Unidos", es una de las pocas publicaciones
profesionales con circulación binacional. Creado por el exitoso empresario
migrante zapoteco Fernando López Mateos, se desarrolla a nivel binacional: su
diseño gráfico se realiza en Oaxaca y luego se envía a Los Angeles para su
impresión. Su cobertura incluye asuntos cívicos, políticos, sociales, deportivos
y culturales que atañen a las comunidades oaxaqueñas en ambos países: desde
conflictos entre pueblos en Oaxaca y la campaña contra la construcción de un
McDonald’s en la plaza principal en la ciudad de Oaxaca, hasta las
actividades binacionales de las asociaciones de migrantes y el surgimiento de
las coaliciones a favor del otorgamiento de licencias de conducir a migrantes
indocumentados y en contra de los recortes en servicios de salud. El tiraje de
35 mil ejemplares se distribuye en forma gratuita en todo California y otras
comunidades migrantes en Estados Unidos y en Oaxaca. Además, un segundo
periódico migrante apareció en la escena mediática californiana: Impulso de
Oaxaca .
Los migrantes indígenas de Oaxaca también están
haciendo uso del radio y de los medios electrónicos de comunicación. Por ejemplo,
Filemón López, originario de San Juan Mixtepec, ha sido el conductor de La
Hora Mixteca durante los últimos seis años, un programa semanal bilingüe (en
mixteco y español) transmitido por la cadena Radio Bilingüe. Esta cadena fue
fundada por Hugo Morales, otro migrante oaxaqueño proveniente de la Mixteca.
Radio Bilingüe obtuvo recientemente un donativo de la Fundación Rockefeller para
financiar un enlace vía satélite que le permitirá transmitir su programación a
radioescuchas en Oaxaca y Baja California. A esto se agrega que en 2001, el FIOB
y la asociación New California Media produjeron conjuntamente un programa
de noticias de una hora llamado Nuestro Foro, en la radio local de la
ciudad de Fresno (KFCF-88.1 FM). También hay que mencionar la publicación del
boletín mensual del FIOB, El Tequio, desde 1991 (incluyendo una versión
en Internet desde hace dos años), lo que le permite a su membresía binacional
enterarse de las noticias sobre actividades locales y la preservación de un
sentido de unidad más allá de la frontera entre Estados Unidos y México.
Los esfuerzos para mantener el uso de las
lenguas indígenas se han transformado en una actividad colectiva como parte de
la lucha política por derechos, así como una iniciativa de supervivencia
cultural. Los migrantes indígenas que hablan poco español padecen una
discriminación lingüística intensa de manera sistemática en sus lugares de
trabajo, así como en las interacciones con las instituciones legales, educativas
y de salud. En al menos dos casos bien conocidos que ocurrieron durante los años
ochenta, hablantes de lengua indígena fueron encarcelados en Oregon al no poder
defenderse porque no hablaban ni inglés ni español. Los prejuicios centenarios
de México están muy extendidos entre los migrantes en Estados Unidos.
Esta
situación comenzó a cambiar durante los noventa. La organización Asistencia
Legal Rural de California fincó un precedente al contratar al primer promotor
comunitario que hablaba mixteco en 1993. Las propias organizaciones migrantes
también habían tenido que responder a la necesidad de crear sus propios
servicios de intérpretes en mixteco, zapoteco y triqui para apoyar a la gente
que enfrentaba cargos criminales, o bien para aquellos que solicitaban atención
a la salud y otros servicios públicos. El equipo de intérpretes creado por el
Centro Binacional para el Desarrollo Indígena Oaxaqueño (CBDIO, Inc.) funciona
en todo California, así como en otros estados. El Distrito Escolar de Madera,
California, contrató a un trabajador de enlace comunitario mixteco para poderse
comunicar con los cientos de padres y madres que envían a sus hijos a las
escuelas públicas, en esta comunidad agrícola en el corazón del Valle Central de
California. La Academia de la Lengua Mixteca, establecida en Oaxaca,
recientemente puso en marcha diversos talleres en esta última región sobre la
escritura del idioma mixteco. Al mismo tiempo, la instancia gubernamental en
México para la educación de adultos, que ya desarrolla actividades en 18
entidades en Estados Unidos, recientemente lanzó un nuevo proyecto
específicamente destinado para migrantes indígenas. Estas iniciativas se han
visto fortalecidas mediante el uso de nuevos materiales de enseñanza (como CD-Roms
en inglés y español) que brindan introducciones accesibles a las muchas
dimensiones de la historia y la cultura mixteca, desde el análisis de códices
precolombinos poco conocidos hasta cuestiones contemporáneas sobre tierra e
identidad.
Las organizaciones migrantes enfrentan un enorme
reto ante la creciente presencia de la segunda generación. Con el asentamiento
más estable de miles de familias, el número de niños nacidos en Estados Unidos
está creciendo, lo que representa la posible desaparición de las lenguas
indígenas. En algunos casos, los jóvenes migrantes llegan a superar
circunstancias adversas y se convierten en trilingües, lo que los convierte en
valiosos recursos humanos para la comunidad migrante. El FIOB, por ejemplo, ha
contratado a varios organizadores trilingües en puestos estratégicos, lo que
permite a su vez el desarrollo de liderazgos. No obstante, estos casos son más
bien la excepción. Los jóvenes indígenas de la segunda generación con frecuencia
presentan una situación similar a la de otros grupos migrantes, con bajos
niveles de retención con respecto a la lengua materna de sus padres.
Definiendo comunidades
transnacionales
Este nuevo proceso en el que los migrantes están
creando sus propios espacios públicos y organizaciones está inmerso en lo que se
conoce cada vez más como "comunidades transnacionales", un concepto que se
refiere a los grupos de migrantes cuyas vidas diarias, trabajo y relaciones
sociales se extienden más allá de las fronteras nacionales. La existencia de
comunidades transnacionales es necesaria pero no suficiente para poder hablar de
una naciente sociedad civil migrante, la que también requiere de la construcción
de espacios públicos y organizaciones sociales y cívicas representativas.
Una forma alternativa de entender a los
migrantes como actores sociales, es mediante el proceso de construcción de una
forma de hecho de "ciudadanía comunitaria translocal". Este término se refiere
al proceso mediante el cual los migrantes indígenas se convierten en miembros
activos tanto de sus comunidades de destino como de origen. Como la noción de
comunidad transnacional, la ciudadanía comunitaria translocal se refiere a la
extensión, más allá de las fronteras, de los límites de una esfera social
existente, pero el término "ciudadanía" requiere criterios mucho más precisos
para determinar derechos de membresía y obligaciones y se refiere explícitamente
a la membresía en una esfera pública.
Este sentido socialmente construido de membresía
es en muchas ocasiones construido a través de la acción colectiva. Esta idea de
la ciudadanía comunitaria translocal especifica el espacio público en el que la
membresía se ejerce y se enfoca sobre el desafío de sostener una membresía
transnacional en una comunidad transfronteriza.
El concepto de ciudadanía comunitaria translocal
también tiene sus propios límites. No incorpora la perspectiva más amplia de
derechos que trasciende la membresía en comunidades específicamente adscritas a
un territorio (o bien desterritorializadas), como en el caso del extendido
movimiento entre los migrantes por sus derechos democrático-electorales, o el
énfasis por parte del FIOB en las identidades colectivas pan-étnicas y en los
derechos humanos e indígenas. Estas identidades colectivas son compartidas más
allá de comunidades específicas. La noción de translocal también es limitada en
el sentido de que no incluye el proceso de participación a niveles múltiples
que frecuentemente se establece entre las organizaciones de migrantes y el
gobierno mexicano a nivel nacional, estatal y local.
La amplia noción de "sociedad civil migrante",
en cambio, proporciona un concepto genérico para describir diversos patrones de
acción colectiva. Las prácticas colectivas e individuales que están comenzando a
constituir una sociedad civil específicamente migrante e indígena nos muestran
el lado positivo de lo que de otra forma sería un proceso inexorablemente
devastador para las comunidades indígenas en México –su abrupta inserción en un
capitalismo globalizado a través de la migración internacional en busca de
trabajo asalariado.
A pesar de su dispersión en distintos puntos a
lo largo de la ruta migratoria, al menos algunas comunidades indígenas logran
mantener redes sociales y culturales que les brindan cohesión y continuidad. En
algunos casos, la experiencia migratoria ha expandido y transformado las
identidades étnicas colectivas.
Este proceso abierto sirve como referencia para
repensar lo que significa ser indígena en el siglo XXI. De manera destacada,
esta "membresía de larga distancia" en las comunidades de origen, así como la
construcción de nuevos tipos de organizaciones que no se basan en los vínculos
con la tierra, plantea preguntas sobre la estrecha asociación clásica entre
tierra, territorio e identidad indígena. En México, el debate nacional sobre
cómo podría o debería construirse una autonomía indígena por parte de
instituciones y actores sociales aún tiene que esforzarse para resolver este
dilema.
Estudios recientes y las organizaciones de
migrantes nos obligan a repensar la migración mexicana en términos de una
creciente diversidad de experiencias étnicas, de género y regionales. Reconocer
esto tiene implicaciones prácticas. Primero, puede ayudar a informar sobre
estrategias potencias a través de las cuales los migrantes indígenas podrían
aumentar su capacidad de auto-representación. Segundo, el reconocimiento de la
diversidad es crucial para coaliciones más amplias y hondas con otros actores
sociales, tanto en los Estados Unidos como en México.
Las iniciativas de organización de los migrantes
indígenas mexicanos y sus prácticas culturales abren una ventana para entender
sus esfuerzos para construir una nueva vida en Estados Unidos. Lo están haciendo
sin dejar de ser quienes son, y sin olvidar de dónde vienen. Este es el reto
principal que enfrentan.
Jonathan Fox es profesor en el
Departamento de Estudios Latinos y Latinoamericanos de la Universidad de
California en Santa Cruz e investigador visitante del Centro Internacional de
Investigadores Woodrow Wilson en Washington, D.C.
Gaspar Rivera-Salgado es consultor
sobre migración transnacional y asesor de organizaciones migrantes en
California.
Ambos son colaboradores del Programa
de las Américas del IRC (www.americaspolicy.org), al cual debemos la traducción,
y coeditores del libro Migrantes Indígenas Mexicanos en los Estados Unidos
(Porrúa). El libro comienza a circular por estos días en español y el
presente texto proviene de la introducción.
|